Estos eventos no solo devastan el ecosistema, también tienen un impacto directo en el agua de nuestra provincia.
Sin vegetación, el agua queda desprotegida
La destrucción de la vegetación por el fuego elimina una barrera natural clave para la filtración y regulación del agua. Sin esa cobertura, el suelo queda más expuesto a la erosión, lo que provoca mayor sedimentación en ríos y arroyos. A esto se suma otro efecto: los incendios liberan contaminantes al aire (cenizas, químicos de la combustión y residuos de materiales quemados) que con el tiempo terminan depositándose en el agua.
Cuando llueve, el material quemado y las cenizas son arrastrados hacia ríos y lagos. Al ingresar a estos cuerpos de agua, alteran su acidez y generan pérdida de materia orgánica.
Además, el alto contenido de fósforo en las cenizas acelera la eutrofización de los embalses: un proceso de degradación causado por el exceso de nutrientes en el agua. Todo esto se traduce en una mayor carga de sedimentos en la cuenca, lo que demanda un trabajo técnico más exigente en las plantas de potabilización para procesar esa agua cruda antes de que llegue a los hogares.

Un compromiso de todos
Preservar las fuentes de agua desde su origen depende, en gran parte, de la conducta de cada persona. Por eso, desde Aguas Cordobesas recordamos algunas recomendaciones clave:
- No quemar vegetación ni basura.
- No acumular residuos al aire libre.
- No tirar cenizas calientes sobre el suelo.
- Hacer fuego solo en lugares habilitados (asadores) y apagar bien las brasas antes de retirarse.
- No tirar colillas de cigarrillos ni fósforos al suelo.
- Evitar las fogatas.
- No dejar nada inflamable luego de acampar.
- Evitar manipular pirotecnia.
La prevención de incendios no protege solo a la flora y la fauna: también contribuye a cuidar un recurso vital para todos, el agua.
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