El comunicado del gobierno argentino se dejó un espacio para señalar las diferencias que tiene con el régimen. A esa altura del día, las cifras de muertes superaban largamente el centenar y la de desaparecidos vaticinaba una estadística final de espanto.
La mayoría de los comunicados que llegaban a Caracas desde los gobiernos del mundo no hacían mención a ninguna otra cosa que no fuera la catástrofe natural que destruyó ciudades y vidas en Venezuela. El doble terremoto y sus trágicas consecuencias no constituían la mejor ocasión para incluir líneas señalando diferencias entre el gobierno argentino y el régimen que impera en el país caribeño. Pero Javier Milei y su hermana decidieron que había qué hacerlo. Entonces agregaron esas palabras que parecen sobrar en el mar de dolor que atraviesa la sociedad venezolana.
La primera pregunta es a quién estaban dirigidas esas palabras que parecían sobrar por innecesarias. Al régimen no tiene sentido dirigir mensaje alguno, porque es un gesto sin posibilidad de nada. Por lo tanto, el seguro destinatario era Donald Trump, el gobernante del mundo al que están dirigidos el grueso de los mensajes que el presidente argentino envía hacia el exterior.
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El problema es que Trump ya no es un enemigo sino el jefe de ese régimen, al que convirtió en un virreinato desde que comandos norteamericanos de elite incursionaron en Caracas y capturaron en su residencia a Nicolás Maduro y a su esposa, llevándolos a una cárcel en Estados Unidos.
Desde entonces todas las declaraciones del presidente norteamericano sobre Delcy Rodríguez han sido elogiosas. En definitiva, fue Trump quien tomó la decisión de dejar intacta la nomenclatura facinerosa que impera desde hace décadas en Venezuela. El jefe de la Casa Banca decidió la continuidad de esa dictadura criminal a cambio de manejar el petróleo venezolano y las inversiones en el arco minero de la Cuenca del Orinoco.
En caso de que las palabras de más que puso el presidente en el comunicado argentino hubieran estado dirigidas al régimen que, por decisión de Trump, ahora encabeza Delcy Rodríguez, la pregunta es a cuál rasgo de esa dictadura la dirigió. ¿Al régimen residual que dejó Hugo Chávez y poco después de la muerte del exuberante líder caribeño viró hacia una dictadura brutalmente represiva, persiguiendo disidentes, estableciendo censura, aplastando protestas a sangre y fuego y colmando las cárceles de presos políticos? ¿o al régimen que, de la noche a la mañana (literalmente), pasó de ser el más furiosamente antiimperialista y antinorteamericano de Latinoamérica, a ser títere de Washington y del jefe de la Casa Blanca que violó la soberanía territorial venezolano para capturar y llevarse a su presidente y la primera dama?
Por esas palabras añadidas al comunicado, Trump podría reclamarle a Milei “más respeto por el régimen a través del cual yo impero sobre Venezuela. Y más respeto por mi querida Delcy, que si bien fue colaboradora y cómplice de la represión y la corrupción de Maduro, no me dejó con las ganas de ganar el anhelado Premio Nobel que le dieron a María Corina Machado”.
Esas palabras bien podrían ser dichas por Trump en una de esas erupciones de sinceridad que suele tener. Pero en este caso no lo hará, porque Milei supo ganarse la gratitud que Trump tiene por quienes lo veneran.


