Para un régimen que ha sido bombardeado por una potencia extranjera que llevaba semanas hundiéndole embarcaciones y capturándole buques petroleros, la única alternativa es declarar hostilidad absoluta al país agresor. Mucho más si, además de bombardearlos sitios clave de la fuerza militar local, la potencia atacante secuestró en una operación encubierta nada menos que al presidente del país atacado.
La nomenclatura que integran Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Tarek William Saab, Vladimir Padrino López y Jorge Rodríguez, entre otros, estaban obligados por su propia posición ideológica, esencialmente anti-norteamericana, a confrontar al gobierno de Donald Trump. Cualquier otra alternativa carece de la dignidad más elemental que impone lo actuado en estas décadas de chavismo. Cualquier cosa que no sea confrontar a fondo con la potencia que los bombardeó y secuestró el jefe del régimen, o puede ser otra cosa que una forma de capitulación.
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Eso es lo que el mundo está observando con perplejidad en Caracas. Un régimen que se rinde de la manera más patética posible: simulando mantener sus postulados, mientras le entrega el petróleo y cumple con otras órdenes que recibe de Washington.
Con Delcy Rodríguez como presidenta y Diosdado como ministro del Interior, el gobierno chavista convertido en títere de Donald Trump manda sus cañoneras a perseguir los petroleros clandestinos que el propio régimen usaba para abastecer sus arcas ilegales. Acciones navales conjuntas de buques venezolanos y buques norteamericanos, para frenar el narcotráfico y la exportación de petróleo que el régimen diseñó y puso en marcha.

Ponerse al servicio de la superpotencia que siempre deleznaron, para poder seguir en sus cargos y cobrando sus sueldos suculentos, es el suicidio de imagen más vergonzoso que los líderes chavistas podían realizar. Décadas justificando una dictadura, las penurias causadas por su fracaso económico y la justificación de todos los males que causó culpando al imperialismo y a las sanciones impuestas por Washington, para que, tras recibir un golpe militar tan quirúrgico como demoledor, aceptar mansamente convertirse en vasallo del imperio.
Décadas blandiendo discursos inflamados de frases como “patria o muerte” para jurar resistir hasta la última gota de sangre en defensa del socialismo y de la independencia nacional, para convertirse en ejecutores de lo que dicte el magnate neoyorquino que los bombardeó y les secuestró a la máxima autoridad del régimen.
Lo más repugnante, es que se entregaron totalmente, reclamando al nuevo patrón sólo poder mantener ante la población venezolana y las feligresías de izquierda populista del mundo sus poses de héroes del socialismo y del antiimperialismo.

El gobierno encabezado por Delcy Rodríguez acordó con la Secretaría de Estado la reapertura de las respectivas embajadas en Washington y Caracas, apenas días después de que fuera capturado, llevado a Estados Unidos y encarcelado Nicolás Maduro. Y agigantando su indigencia moral, Diosdado Cabello toma por imbécil al mundo explicando que el restablecimiento de las relaciones diplomáticas es para poder defender mejor al líder que los comandos de la Delta Force se llevaron por la fuerza.
A Francisco Franco, quien por su fascismo involucró a España con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, Washington y Londres permitieron continuar con su dictadura tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, porque les resultó útil por su anticomunismo visceral en la antesala de la Guerra Fría. Y procuraron que el giro copernicano del dictador español en la política exterior no fuera tan evidente y humillante.
Trump no hizo lo mismo. Por el contrario, después de mostrarle a la indigna cúpula chavista con la fulminante operación encubierta que capturó a Maduro que no pueden dormir tranquilos porque en cualquier momento pueden ser capturados o acribillados por una fuerza militar inmensamente superior, les ordenó de inmediato ponerse a las órdenes de Washington. Y los líderes chavistas dijeron “yes sir”.
De ese modo, se mostraron como míseros cobardes, capaces de cualquier humillación para conservar sus privilegios, incluso aceptar como nuevo jefe a Trump.


